Otra forma de comunicarse

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Kıvanç Niş

Si recordamos que somos seres sociables y es a través de nuestras relaciones como vamos formando y desarrollando nuestra personalidad, nos daremos cuenta de la vital importancia que tiene la comunicación para nosotros. Al venir al mundo sentimos la necesidad de relacionarnos con él y, del mismo modo que necesitamos el oxígeno para poder vivir, también necesitamos relacionarnos con los demás para sentirnos vivos.

Como esto es de vital importancia, nos esforzamos por aprenderlo ya desde los primeros meses de vida pero, a pesar de nuestra imperiosa necesidad y del tiempo que invertimos, continuamos repitiendo idénticos patrones del pasado ya que nuestros fallidos intentos nos llevan a repetir los mismos errores una y otra vez.

Cuando tenemos un conflicto con alguien y nos esforzamos en solucionarlo solemos poner la atención únicamente en lo que vamos a decirle a esa persona, así pues, nos preparamos el discurso que creemos nos ayudará pero, de nuevo, suelen aparecer las discusiones y las discrepancias aumentan, con lo cual no hemos hecho más que empeorar la relación.

Algo fundamental en lo que debemos hacer especial hincapié es darnos cuenta de que comunicar no es simplemente hablar, ya que podemos hablar en demasía y comunicar muy poco. Comunicar significa transmitir, lo cual equivale a hacer llegar la información y más que poner la atención en lo que vamos a decir, en el mensaje en sí, deberíamos empezar a fijarnos en cómo lo vamos a decir. Siendo ahí precisamente donde reside la clave de una buena interacción.

Sin embargo, no es nada sencillo si tenemos en cuenta una gran limitación que tenemos las personas y es que cada uno vive encerrado en su mundo. Ya desde los primeros meses de vida, comenzamos a descubrir nuestro entorno y la manera de poder relacionarnos con él. A través de los sentidos recibimos la información del exterior y luego de ser filtrada, elaborada y pasada por un proceso de generalización, omisión y distorsión, vamos creando nuestra realidad interna. De forma que casi sin ser conscientes de ello, vamos creando una serie de filtros mentales que nos van encerrando en nuestro mundo y apartándonos de los demás.

Podemos imaginar que cada uno de nosotros está dentro de una esfera y cada esfera tiene una tonalidad muy diferente. Con lo cual, la información del exterior la percibimos a través de nuestra propia tonalidad, y éste puede diferir en gran medida del que tiene nuestro interlocutor. Sin embargo, la información es neutra, pero cada uno la interpreta de acuerdo con la coloración de sus filtros mentales. Es, precisamente, esa forma de percibir y procesar la información al comunicarnos, la que determina nuestro modo de emitir el mensaje.

Otra gran limitación que tenemos, al tratar de relacionarnos con los demás, es que tendemos a fijarnos únicamente en lo que nos ocurre a nosotros. Es decir, ponemos excesiva atención en cómo nos sentimos, en lo que nos dice el otro o en lo que vamos a responderle. Se podría decir que más que comunicarnos, lo único que hacemos es permanecer encerrados en nosotros mismos y esto se agrava todavía más cuando nos sentimos agraviados y tratamos de defendernos. Entonces, además de permanecer encerrados en nuestro caparazón, creamos una barrera protectora y nos mantenemos a la defensiva ante cualquier agresión. Nos preparamos para nuevas ofensivas y mantenemos una actitud que no tiene nada que ver con la comunicación.

Si lo que pretendemos es llegar a nuestro interlocutor, lejos de permanecer recluidos en nuestro «yo», tenemos que abrirnos hacia la otra persona y empezar a interesarnos por ella independientemente de su forma de ser.

Si tenemos presente que nos resulta más fácil comunicarnos con personas que tienen mapas similares al nuestro ya que la conducta, siendo lo más superficial y lo primero que percibimos, determina que sintamos afecto o rechazo hacia la persona. Entonces nos daremos cuenta de otra gran limitación que tenemos al darle demasiada importancia a lo más superfluo y ello nos impide profundizar en el conocimiento de uno mismo y de los demás.

Así pues, en muchas ocasiones nos sentimos agraviados por lo que nos han hecho o por la forma en que se han dirigido a nosotros; e incluso a veces ha sido nuestra propia conducta la que origina que nos sintamos mal.

Sin embargo, no somos únicamente «lo que hacemos». Además de nuestras acciones, las cuales pueden cambiar de un momento a otro y resultan más o menos eficaces, también hemos adquirido una serie de capacidades que se basan en un sistema de creencias y valores. Éstas tienen que ver con «lo que somos».

Hemos aprendido a poner demasiada atención en lo que hacemos y en lo que nos hacen los demás. Nos esforzamos en hacer las cosas bien para sentirnos aceptados y valorados en nuestro entorno y solemos valorar y juzgar a los demás por sus acciones. Así que, a menudo nos fijamos únicamente en lo más superficial de las personas y ello nos impide llegar a descubrir el inmenso valor que se oculta en el interior de cada ser humano.

Cuando nos encontremos con alguien por quien sentimos rechazo, sería conveniente preguntarnos:

¿Qué es lo que me está provocando malestar?

Acaso ¿no es su conducta?

Y si la conducta es algo tan superficial ¿no sería mejor llegar a comprender a esa persona?

Tal vez, si llegáramos a profundizar en ella, podríamos descubrir los motivos que le hace actuar de ese modo, e incluso podríamos empezar a conocerla un poco más y llegar a reconocer el valor que tiene como persona.

Por Pepa Kern

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2 Comentarios

  1. Lau
    Publicado: 21 agosto, 2010 a las 11:52 | Permalink

    estoy en proceso… gracias Pepa!

  2. pablo
    Publicado: 29 septiembre, 2010 a las 21:32 | Permalink

    si es una gran verdad que como vas a empatizar con una persona si estas pensando en tus sensaciones que dices , haces … en vez de centrarte en que la persona que tienes al lado se quiere comunicar contigo no dañarte.