A mi cerebro sólo le permito pensamientos alegres o útiles. Mo Gawdat

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El reto

Hasta hace un par de meses Gawdat era el jefe de desarrollo de Google X, pero llevaba diez años per- siguiendo una fórmula que permitiera restaurar ese valor predeterminado con el que nacemos: la felicidad. Su mente de ingeniero le llevó a establecer y analizar qué perturba esa felicidad y hallar su fórmula. La muerte de su hijo la puso a prueba y decidió compartir todo lo aprendido en El algoritmo de la felicidad (Zenith), en el que explica las razones subyacentes al sufrimiento. Dedica el libro a su hijo, que llevaba tatuado en la piel: “La gravedad de la batalla nada significa para los que viven en paz”. Ha desarrollado un modelo matemático para, median- te sus conferencias, web y su libro, llegar a 1.000 millones de personas felices.

¿Era usted un triunfador infeliz?

Tenía reconocimiento social y una fortuna considerable, además de una mujer y dos hijos maravillosos, pero sufría depresión clínica.

Trabajó para Microsoft, IBM, Google…

Sí, me pasaba la vida viajando expandiendo negocios, y en esa constante búsqueda de conseguir más me volví agresivo y desagradable con los míos; era consciente de ello y quise cambiar.

Y buscó una manera racional de ser feliz…

Sí, porque soy un ingeniero que utiliza la lógica y el análisis para entender el mundo.

Diez años después llegó a una fórmula ­matemática.

Un modelo replicable: la felicidad es la diferencia entre la manera en que un individuo ve los acontecimientos de su vida y su expectativa de cómo debería ser su vida. Ante un acontecimiento, la mente lo compara con nuestras ­expectativas.

Primer error.

Si la mente descubre que el evento es igual o mejor a las expectativas no ocurre nada, pero si la mente considera que no se cumplen las expectativas, entonces te pone en alerta a través de una emoción que te hace sentir infeliz.

¿De qué supuesto parte?

De que la felicidad es un valor predeterminado en la especie humana, no necesitamos razones para ser felices. La felicidad es la ausencia de infelicidad. Los bebés siempre están contentos si sus necesidades básicas están cubiertas, la cosa se complica a medida que crecemos.

¿Aprendemos a ser infelices?

Nos enseñan a cumplir objetivos equivocados, a poner en práctica ciertas habilidades que nos lleven al éxito, pero que nos hacen infelices.

Los acontecimientos también cuentan.

No es el acontecimiento lo que nos hace infelices, es la forma en que pensamos en él. Nuestros pensamientos son una interpretación de la realidad.

¿La realidad es relativa?

Sí, todo depende de cómo la vivas. Yo tenía un Turbo 900. Amaba ese coche. Un día Nibal, mi mujer, cogió el coche y chocó de frente contra un camión, los elementos de seguridad funcionaron a la perfección y salvó la vida. Perdí mi coche pero me importó un bledo, estaba feliz.

Entiendo.

Pero si mi coche hubiera quedado igual de destrozado estando aparcado en algún lugar habría sido un drama. El hecho era el mismo, pero mi experiencia hubiera sido muy diferente.

Si detenemos los pensamiento negativos, la felicidad se instaura por defecto.

Exacto, por tanto un ligero cambio en nuestra forma de pensar puede ejercer un gran impacto en nuestra felicidad.

La cuestión es aplicarlo.

Mi hijo Ali era una persona sabia, como un monje zen, siempre estaba feliz, y me ayudó a complementar mi visión lógica de la felicidad añadiendo las emociones. A los 21 años murió por un error médico. Ocurrió todo en un día, se despertó con dolor de estómago y por la noche ya no estaba. Era el pilar de mi vida.

Puso a prueba su algoritmo.

El día que Ali murió todo se desmoronó y tuve la tentación de abandonarme al sufrimiento el resto de mi vida. Pero podemos aprender a vivir con el dolor y apartar el sufrimiento.

Requiere mucha fortaleza.

A mi cerebro sólo le permito que me dé pensamientos alegres o útiles. Cada día mi mente me recuerda que Ali está muerto y yo respondo siempre lo mismo: “Ali vivió”.

Los dos pensamientos son reales.

Sí, pero uno me hace pensar en lo que he perdido y me lleva al sufrimiento; y el otro me hace pensar en los 21 años de felicidad que pasé con él y hace que me sienta agradecido.

Tendemos a los pensamientos negativos.

El 70% son negativos, autocríticos, pesimistas y temerosos, es la forma que tiene nuestra mente de evitar las amenazas. Entonces hay que esforzarse para tener un pensamiento correcto.

¿Naif incluso?

Los pensamientos no son nosotros. Nadie piensa que es sangre u orina, pero sí creemos que somos nuestros pensamientos aunque sean el producto biológico del cerebro. Nuestro cerebro nos habla, pero no es nosotros.

¿Y no tienes por qué creerle?

No. Puedes analizar lo que te dice como si te lo dijera un amigo y responderle: “No es así”. Cuando Ali murió mi mente me decía: “Tenías que haberlo llevado a otro hospital”, pero de qué me sirve ese pensamiento.

De nada.

El dolor está fuera de nuestro control, pero el sufrimiento es una decisión personal y se puedo decidir no sufrir. Aceptar el dolor y convertirlo en algo hermoso: yo decidí rendirle homenaje explicando nuestro algoritmo.

Hay que cerrarle el pico al pato.

Es un ciclo: pensamiento, sufrimiento, inacción. La verdadera dicha consiste en estar en armonía con la vida tal y como es. En la mayoría de las ocasiones lo peor que hay en nuestra vida es la forma en que pensamos en ella. Observa tu diálogo interno, observa tu drama, y pídele a tu cerebro que te ofrezca un pensamiento mejor.

La incertidumbre nos corroe.

Es otra de las verdades absolutas que hay que aceptar: todo cambia continuamente. La incertidumbre de cuánto tiempo estaré todavía junto a mi hija hace que yo quiera que el tiempo que paso con ella sea lo mejor posible.

Fuente: La contra

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“Se trata de que tú comprendas, y no de ser comprendido” Juan Echegaray

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Tengo 72 años. Soy chileno. Casado con otra bióloga, tres hijos y tres nietos. He sido docente toda la vida, catedrático de la Universidad de Santiago de Chile, y todavía doy cursos. La gente debe cooperar, ayudarse, creo que caminamos hacia la unidad. Todas las creencias son interpretaciones de lo mismo.

Un biólogo espiritual

Hay que estar abierto, me insiste. Catedrático de Biología, tiene sus propias teorías sobre la evolución y ha escrito un par de libros al respecto, siempre desde una perspectiva trascendente: “Llevo más de 30 años estudiando, viviendo, las ciencias biológicas, lo que me ha llevado a adquirir un punto de vista especial sobre cómo y por qué estamos formados. Soy biólogo, científico, es cierto –me aclara–, pero no me encasillo en conceptos y libros; me maravillo día a día con cada enseñanza que se encuentra disponible para todos en la naturaleza, un conocimiento que va desde una célula que me enseña a actuar hasta el átomo que todo lo forma. Si la energía no es estática, ¿qué hago estudiándola sólo en los libros?”.

¿Qué le da que pensar?

La energía. Creo que es un concepto que revisar porque se ha quedado limitado. El diccionario la define como una fuerza que permite realizar un trabajo.

¿Es más?

Mucho más. La energía forma todas tus células, y las células de tu cuerpo son inteligentes.

¿Inteligentes?

Sí, saben actuar independientemente de tu cerebro. Hay una inteligencia extraordinaria, una sabiduría y un orden que permite a cada célula saber cuál es su misión, y tú ni te enteras. Estamos ante una energía inteligente que lo es todo.

¿Qué entiende por todo?

Para mí es la fuente creadora. La energía está en todas partes haciendo maravillas. Los átomos son capaces de unirse entre ellos para formar las moléculas, para formar todas las cosas.

De acuerdo.

Cuando entiendes lo que es la energía caes de rodillas. Hay que amar esa obra, tal como se muestra, sin críticas, porque somos aprendices de esa sabiduría.

La energía crea la vida, ¿pero tiene propósito?

Llevarte a la perfección, a la sabiduría total.

¿Qué es la sabiduría total?

Ser útil a esta obra actuando correctamente, es decir: en armonía con la energía. Si actúas con desamor vas en contra de esa energía, que tiene dos sentidos, uno fraterno, la unión de todo, y otro de perfección. Hay que trabajar los dos.

Mezcla usted biología y espiritualidad.

Piénselo, la causa de toda desarmonía en el planeta o de todo dolor es el desamor, y sólo lo puedes compensar amando. ¡Ojalá pudiera amar a toda la gente!

Ya.

La ley fraterna hará crecer a la humanidad hacia unos niveles que todavía no entendemos, pero el amor es la base de progreso.

¿…?

Uno crece dando, no recibiendo. No busques ser comprendido, comprende tú; eso es lo que te hará evolucionar. Si lo que consigues es que los otros te amen, ayudarás a crecer a los otros, pero tú no crecerás.

Treinta años contemplando la naturaleza, ¿qué le ha enseñado?

La naturaleza es un libro abierto en el que se puede aprender todo: la relación, la armonía, el equilibrio, la fuerza, el orden…

Cierto.

Y todo eso lo puede ver manifestado en su propio cuerpo, en cualquier manifestación de la energía. Todo está en la célula, un protozoo se nutre tal como nosotros, se reproduce y se relaciona con el ambiente tal como nosotros.

Somos más complejos.

Si aceptamos que todo lo que forma la energía es inteligente, nuestra percepción de la realidad se amplía, se ensancha.

¿A dónde quiere llegar?

¿Cuál es el sentido evolutivo? Para evolucionar, nosotros, que somos básicamente energía, debemos utilizar este cuerpo animalizado e irlo sublimando.

Supongamos que es así.

Entonces nuestro papel en esta vida es reaccionar menos, elevar nuestras percepciones, y comprender más. La energía tiene un sentido de perfección.

Dígame algo elemental que debamos comprender.

Que actuamos a través de un cuerpo cuyas percepciones son muy básicas. Debemos ir más allá de los sentidos. Todavía somos muy primitivos, siempre reaccionando.

Hay que domar a la bestia, cierto.

Para pasar del Homo sapiens al Homo habilis invertimos dos millones de años…, nos falta mucho. Nuestros cuerpos, antes muy grotescos, se han ido afinando a la vez que nuestra conciencia ha ido creciendo.

¿Esa es su teoría de la evolución?

Efectivamente. Acepte la posibilidad de que con el tiempo lleguemos a ser pura energía.

La evolución es cambio constante; si yo me encierro en ideas estáticas me detengo, pierdo, me quedo atrás. Hace falta un análisis incesante de las cosas, es un proceso continuo.

¿Dónde sitúa usted el amor dentro de la biología?

El amor es una energía que forma una naturaleza que te permite dar un ambiente adecuado a las células. Si miras con más amor y hablas con más amor, sientes con más amor; y tus células te lo agradecen y también las del vecino. Somos un todo.

¿Nuestra energía influye en el contexto?

Sí. Nos parece normal enfadarnos, pero no lo es, es de un nivel bajo y nos enferma.

¿Cómo luchar por un mundo mejor?

No hay que pelear contra nada, hay que amar.

¿Cuál ha sido su herramienta esencial?

La escucha. Estar dispuesto a revisar y desarmar mis ideas preconcebidas. La mente nos ha ido separando, encasillando… Tiene que haber una mecánica de la evolución que una a los ­seres, y creo que el amor es la herramienta de progreso.

Entiendo.

Bien, porque la única manera de que no te hagan daño es comprendiendo. No importa lo que haga o diga el otro, compréndelo. Si dejas que las ideas ajenas te dañen, te estás dañando; comprende, no pongas esa energía dentro de ti, no la integres como dolor, transfórmala.

Fuente: La Contra

 

 

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La meditación silenciosa conduce al encuentro con uno mismo. Pablo D’Ors

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En el abarrotado mercado de los gurús se podría decir que Pablo d’Ors se ha erigido en una suerte de coach espititual que arrasa con una propuesta tan sencilla como que “la meditación silenciosa conduce al encuentro con uno mismo”. Instalado en una envidiable serenidad, charlamos con él acerca de su nuevo libro, Entusiasmo, una novela atípica que retrata su propia biografía.

Te animo a que descubras la eternidad que se encierra en cada instante. Todo se juega en este sol, en este árbol, en esta conversación. Esto es exactamente la vida, éste es el mejor momento posible, no hay nada que añadir ni que quitar, es perfecto. El secreto está en vivir plenamente lo que tengas entre manos”. Cierra los ojos y, durante unos segundos, parece sumirse en un arcano insondable. Y sí, sentada bajo la sombra de un esplendoroso magnolio en los jardines de Sabatini, frente a la fachada norte del Palacio Real de Madrid, esta apacible mañana de otoño adquiere, junto a Pablo d’Ors, una mayor densidad.

Porque este sacerdote, escritor y profeta, como se define a sí mismo “ya que me considero un hombre del silencio y de la palabra, con un mensaje que transmitir”, se ha convertido en una especie de coach espiritual desde que arrasara con su Biografía del silencio (Ed. Siruela), un librito repleto de frases sabias que invitan a la reflexión. Porque cuando asegura que “el alma humana sólo se alimenta si el ritmo de lo que se le brinda es pausado”, una se cuestiona si no padecerá cierta anemia. Y él, para tranquilizarme, me asegura que su propuesta para recuperar glóbulos rojos no es tan complicada: “Se trata de pararse, callar, escuchar y mirar. No te propongo una actitud de impasibilidad ante las cosas, porque el silencio es fecundo y creativo, quiero que descubras ese espacio en el que resuena lo que tú y el mundo sois de verdad. Pero si no lo cultivas, no te enterarás de nada y darás palos de ciego”.

HISTORIA DE DOS CAMINOS

Aunque su propuesta es rotunda, a él le costó tiempo descubrirla. “Comprender ésto, que para mí ha sido como un segundo nacimiento, porque en la vida hay que renacer cuantas más veces mejor, comenzó hace 13 años, recién cumplidos los 41. Todo surgió tras un fracaso personal. El camino de mi despertar arrancó cuando tuve que confrontarme con la realidad cruda y dura de mi vida en aquel momento. Pero con el paso del tiempo he comprendido que tiene que darse cierta insatisfacción para ponerse en marcha, porque cuando estamos instalados y contentos con nosotros mismos, nos cuesta movernos”.

 

“Después de 6 años como capellán en la Universidad Autónoma de Madrid, un buen día se me dice que abandone, se me expulsa de mi espacio de trabajo sin poder comprender por qué. ENTONCES, TUVE QUE REINVENTARME”

¿Le afectó la crisis de los 40 años?

Lo que sucedió es que me encontré con una situación difícil prácticamente en todos los ámbitos de mi vida: en el económico, en el profesional y en el vocacional. No te digo más que acababa de construirme una casa y como los acreedores me perseguían tuve que escapar, como si fuese un personaje de Dostoievski, y desaparecí una temporada en Italia para darles esquinazo. Además, después de seis años de trabajo como capellán en la Universidad Autónoma de Madrid, un buen día se me dice que abandone, se me expulsa de mi espacio de trabajo sin que yo pudiera comprender por qué. Entonces, tuve que reinventarme.

Y, ¿no se hundió?

En aquel momento de inflexión comprendí que existen dos caminos en la vida: uno, el de la suma, que es como había funcionado hasta entonces y, otro, el de la resta. Como cuento en la Biografía, estaba convencido de que cuantas más experiencias tuviera y cuanto más intensas y fulgurantes fueran, más pronto llegaría a ser una persona en plenitud. Hoy sé que no es así, que la cantidad de experiencias y su intensidad solo sirven para aturdirnos. No estamos hechos para la cantidad sino para la calidad.

La verdad es que, para emprender el camino que propone, hace falta coraje.

Hablar de resta nos echa un poco para atrás porque nos gusta tener cosas, llenar nuestra vida con viajes, lecturas, relaciones, pasiones, espectáculos, entretenimientos… Pero cuando te introduces en la práctica de la meditación, en el silencio, se te acaba la ansiedad de querer cosas. Y cuando se te acaba esa ansiedad es cuando te llegan de verdad todas las cosas, con mucha más intensidad de la que te puedas imaginar. Es nuestra ansiedad por vivir lo que impide que la vida llegue a nosotros, y por eso digo que hay que trabajar la capacidad de recibir. Tenemos un afán demasiado intervencionista sobre la realidad y eso impide que ésta pueda expresar lo que es. Pero cuanto más se familiariza uno con la realidad, sea cual sea, mejor. Sólo podemos ser dichosos cuando percibimos lo real.

¿En qué consiste su método para lograrlo?

La propuesta que hago es bastante modesta pero conecta con quienes han comprendido que pueden tener todos sus deseos satisfechos y, sin embargo, seguir teniendo sed, un anhelo de algo más, que es lo que nos define como personas. Para ellos he creado la asociación de Amigos del Desierto, una red para buscadores, para gente interesada en la experiencia del silencio. No soy modelo de nada pero, a través de ella, comparto lo que voy descubriendo interiormente.

 

“Hemos iniciado en el camino del silencio a más de 2.000 personas. TENEMOS LISTA DE ESPERA, se nos acerca mucha gente por curiosidad, pero nuestra propuesta es bastante exigente”

Con bastante éxito, por cierto, ya que tiene una amplia lista de espera.

Ya hemos iniciado en este camino del silencio a más de dos mil personas, aunque mucha gente se nos acerca por curiosidad, buscando hacer una especie de turismo espiritual. Pero lo que proponemos es exigente. El primer paso consiste en pasar un fin de semana de iniciación en el que enseñamos el método para meditar. Después, a los que quieren profundizar se les ofrecen nueve jornadas en un monasterio situado en Las Batuecas. Y, para los que quieren continuar, contamos con seminarios de silencio semanales en varias ciudades de España.

DESMINTIENDO A FLAUBERT

Aunque haya emprendido la senda del vaciamiento, lo cierto es que Pablo d’Ors fue criado en una familia de artistas y educado en un rico ambiente cultural alemán. Como cuenta en su nuevo libroEntusiasmo (Galaxia Gutenberg), su madre era filóloga y su padre, que era médico, “no sabía hablar como lo hace un padre normal con sus hijos, sino que daba conferencias, equivocando la figura del padre con la del profesor”.

En la casa familiar, aunque él no llegó a conocerle, pesaba la figura del abuelo paterno, Eugenio d’Ors, escritor, ensayista, periodista, dibujante, filósofo y crítico de arte. Como ha comentado en alguna ocasión, “le leo y admiro. Es un referente que creo que ha marcado mucho el tipo de educación que recibimos en casa. Somos siete hermanos y todos nos dedicamos, de algún modo, al mundo del arte”. Su trayectoria como novelista arrancó en el año 2000 y, desde entonces, “he dividido mi obra literaria en trilogías: la del fracaso, la de la ilusión, la del silencio y la del entusiasmo, en la que estoy inmerso en estos momentos, porque sólo he escrito la primera parte”.

¿Cómo ha pasado del silencio al entusiasmo?

La práctica continuada del silencio desemboca siempre en una actitud entusiasta. En este momento social en el que más bien prima la negatividad, lo oscuro, el mal rollo… yo propongo la luz. La vida es penumbra, hay luz y oscuridad. Te aconsejo que no te pongas de cara a la sombra, donde todo se ve oscuro, sino de cara a la luz, donde hay espacio para la esperanza. El entusiasmo es la suma de cuatro elementos que se concatenan entre sí: claridad, coraje, fecundidad y alegría.

A ver si le entiendo…

Cuando meditas, vas haciendo una especie de limpieza interior, te vas quitando estorbos y ves mejor. Con más luz adquieres capacidad para actuar, para ponerte en juego. Muchas veces no actuamos no porque seamos timoratos sino porque nos falta claridad. Y, cuando tienes el coraje de actuar, empiezan a suceder cosas a tu alrededor y eso te llena de una inmensa alegría.

Va usted a contracorriente.

En la literatura, el prestigio lo tienen la oscuridad, el mal, los problemas. Hasta el punto de que, por ejemplo, el escritor francés Gustave Flaubert decía que no se puede hacer literatura con buenos sentimientos. No estoy de acuerdo, este libro lo he escrito con buenos sentimientos.

Pablo d’Ors afirma que Entusiasmo es un libro de ficción, pero lo cierto es que se trata de una auténtica autobiografía que arranca cuando toma la decisión de ordenarse sacerdote y se pone en camino en medio de numerosas dificultades. D’Ors narra en las primeras páginas una escena sorprendente. “Era un 23 de diciembre de 1982, poco más o menos a medianoche, en mi domicilio familiar del madrileño paseo del pintor Rosales, número 52… Cuando ya había cerrado los ojos para disponerme a dormir, todo sucedió: Algo, Alguien irrumpió durante algunos minutos, delicada pero rotundamente en mi habitación. Era una presencia real y espiritual… La certeza absoluta de que era el mismísimo Dios quien me estaba visitando en mi habitación me sobrecogió como nunca antes ni después me ha sobrecogido nada… Sentí una felicidad incontenible, inenarrable, quedé paralizado… Yo era sólo un muchacho y Dios había venido a verme… Supe que me quería para sí”.

Pero, ¿quiere decir que vió a Dios?

Experimenté una presencia divina, que así la identifiqué entonces y hoy sigo convencido de ella. Nuestros esfuerzos no nos conducen a Dios, pero sin ellos tampoco llegaríamos a Él. Yo ya había cultivado este aspecto cuando me sobrevino esta experiencia, que fue como un flechazo. De pronto tienes la certeza de que eres amado.

Aunque, como también cuenta en su autobiografía, después se ha enamorado de varias mujeres.

La meditación también me ha ayudado a descubrir la hermosura de la fragilidad. Porque sólo cuando somos vulnerables nos enteramos de qué va la vida.

HAY UNA GRAN FUERZA EN LA POBREZA

¿Cómo compagina sus múltiples facetas?

Para mí lo esencial es dedicar cada jornada un tiempo a la lectura-escritura, que son las dos caras de la misma moneda, y otro de contemplación-oración, porque soy un hombre religioso. En la medida en que soy fiel a estas dos prácticas y les dedico un tiempo prolongado, todo lo demás va sucediendo.

Le gusta hablar de cultivo, cultura y culto, como actitudes esenciales.

Esas tres palabras son una pista de por dónde debería ir nuestra vida, aunque a lo mejor suenan a música celestial. Lo esencial es el cultivo, y nuestro principal campo de cultivo somos nosotros mismos. Cuando trabajamos nuestra naturaleza, ésta se hace cultura. Y, cuando eres un hombre culto, no puedes por menos que dar culto; es decir, que devolver en forma de reconocimiento y agradecimiento aquello que eres.

¿Qué personas han marcado su vida?

Tengo una tríada de personas que considero luminosas: Gandhi, Simone Veil y Carlos de Foucauld, explorador del Sáhara. Son faros que me iluminan porque supieron hacer la aventura de ser ellos mismos. Tenemos un poco la manía de querer ser mejores y no se trata de eso sino de ser uno mismo. Pero nos cuesta ser nosotros mismos, porque estamos muy uniformizados.

¿Qué le llama la atención de Gandhi?

Cuando veo a un hombre sin nada, con un taparrabos, pero con una actitud que es capaz de expulsar al imperio británico de su país, me doy cuenta de que hay una gran fuerza en la pobreza de bienes materiales. Porque estar agarrado defendiendo lo propio, autoafirmándote permanentemente nos hace perder muchísima energía. También es un faro el Papa Francisco, aunque no está bien que lo diga yo porque es mi jefe. Le conozco personalmente, y su luminosidad le nace de dentro, de su centro.

Que, por cierto, le ha nombrado uno de sus consejeros culturales.

El Vaticano está organizado en dicasterios y en cada uno de ellos participan consejeros de todo el mundo. Al que yo pertenezco está formado por gente del mundo de la cultura en sentido amplio: hay astrónomos, poetas, matemáticos… Creo que conmigo entra por primera vez la novela en el Vaticano y esto es muy importante. Porque hemos sobredimensionado el valor de la reflexión y hemos infravalorado el de la fantasía y la ficción. Pero la fantasía es una realidad tan profunda y necesaria como la reflexión. No es más verdad una fórmula matemática que un poema, ni un ensayo de filosofía que una novela.

Y, ¿qué le ha aportado en concreto?

En la última asamblea que tuvimos, acerca del papel de las mujeres en la Iglesia, llevé propuestas de mucha gente con la que me había ido entrevistando. Y las cosas están cambiando, mucho más profundamente de lo que la gente se imagina.

 

“Antes pensaba que cuantas más experiencias tuviera más pronto llegaría a ser una persona en plenitud. Pero no es así, NO ESTAMOS HECHOS PARA LA CANTIDAD SINO PARA LA CALIDAD”

LAS FRASES LAPIDARIAS DE PABLO D’ORS

Los 49 puntos de sus apenas 100 páginas han convertido a la Biografía del silencio en un auténtico best-seller, con 21 ediciones y más de 100.000 ejemplares vendidos.

  • Sufrimos porque pensamos que las cosas deberían ser de otra manera. En cuanto abandonamos esa pretensión, dejamos de sufrir.
  • La dicha no es ausencia de desdicha, sino conciencia de la misma. En cuanto arrojamos luz sobre nuestra desdicha, esta pierde buena parte de su mordiente.
  • Cuando dejas de esperar que tu pareja se ajuste al patrón o idea que te has hecho de ella, dejas de sufrir por su causa. La vida se nos va en el esfuerzo por ajustarla a nuestras ideas y apetencias.
  • Lo que realmente mata al hombre es la rutina; lo que le salva es la creatividad, es decir, la capacidad para vislumbrar y rescatar la novedad.
  • Cualquier jornada, aún la más gris, es para quien sepa vivirla, una aventura inconmensurable.
  • Normalmente vivimos dispersos, fuera de nosotros. Sin estar centrados en lo que realmente somos veo muy difícil una vida que pueda calificarse de humana y digna.
  • Nos pasamos la vida manipulando cosas y personas para que nos complazcan. Esa constante violencia, esa avidez compulsiva nos destruye.
  • Siempre que sufrimos algún embate serio en la vida, estamos llamados a renacer de nuestras cenizas.

Fuente: Telva

 

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Practitioner en PNL. Inicio 12 de enero 2018

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¿Se nace con inteligencia emocional? Dr Enrique Rojas

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La inteligencia emocional está de moda. Y lo está porque se ha descubierto que la inteligencia fría, pura y dura, sin la mezcla de una buena educación afectiva, queda muy pobre. Voy a dar dos pinceladas sobre lo que es educar y en qué consiste lo emocional. Educar es sacar lo mejor que una persona lleva dentro. Es convertir a alguien en persona. Conseguir que alcance la mayor plenitud posible. Educar es seducir con valores que no pasan de moda, que tienen buena venta en cualquier mercado.

Educar los sentimientos es una tarea de artesanía psicológica. Pastorear el mundo afectivo es sumergirnos en la oceanografía de la intimidad. Definir es limitar. Y hay una gavilla de conceptos que conviene apresar, para tener las ideas claras de lo que estamos hablando. Los sentimientos son estados de ánimo positivos o negativos, que nos acercan o nos alejan del objeto amoroso que aparece delante de nosotros; no hay sentimientos neutros (el aburrimiento, que podría parecerlo, está muy cerca de la melancolía; y la indiferencia, muy próxima al desprecio). Los sentimientos son la vía regia de la afectividad, su principal representante. Hacen de intermediarios entre los instintos y la razón. Todos los sentimientos son como una moneda de dos caras, as y envés, positivo y negativo: alegría-tristeza, amor-odio, paz-ansiedad, felicidad-desgracia y así sucesivamente.

La educación emocional empieza por conocerse uno a sí mismo. Saber las aptitudes y las limitaciones que uno tiene; las cosas para las que está dotado y aquellas que no sabe manejar. Si uno se sabe tímido, tiene que luchar por adquirir habilidades en la comunicación interpersonales. Si otro se reconoce inestable en lo emocional, tiene que poner los medios para tener más equilibrio psicológico. Catalogar lo propio con orden. Casi nada. Y saber que el amor de la pareja tiene un alto porcentaje de artesanía psicológica.

Después, tener claro cómo aprender a expresar sentimientos. Estos tienen distintos lenguajes y presentan una cierta versatilidad, que deben unirse en un concepto claro. Saber llamarla a las cosas afectivas por su nombre. Y aquí asoma un mosaico frondoso. Porque no debemos perder de vista que el amor es el príncipe de los mitos y que en el imaginario colectivo está palabra es mágica… llena de fuerza, maravillosa… No debemos olvidar la empatía, ese saber ponerse en el lugar del otro y entender qué pasa por su cabeza y su corazón.

El amor maduro aterriza en lo concreto. Pasar de lo carismático a la convivencia diaria. Vamos con ello:

1. Cultivar el lenguaje verbal: saber decir y transmitir hechos afectos positivos. «Te quiero, te necesito, eres mi vida… perdóname, reconozco que no estuve afortunado al decir aquello… que sepas que valoro todo lo que haces… a veces no encuentro palabras para decirte lo que siento». Es la magia de la palabra. Vamos desgranando el vocabulario con un buen manejo del diccionario. Caudal léxico rico, fluido y zigzagueante.

2. El lenguaje no verbal. Una mirada, una sonrisa, un guiño, coger de la mano a esa persona o de la cintura o acariciar su pelo… todo eso es complicidad. La ternura es el ungüento del amor. Todo eso arropa y alzaprima a la palabra hablada. La eleva de nivel.

3. El lenguaje epistolar. Escribir una nota breve y jugosa, poniendo los instrumentos de la afectividad en esa cartulina y esto va desde pedir perdón a dar las gracias o a reconocer un error cometido. Esto ya es para nota. Los analfabetos sentimentales no entienden nada de esto y hacen una mueca de extrañeza cuando oyen hablar de esto, les parece raro, extraño…

4. El lenguaje de los detalles pequeños positivos. Cuidar los detalles pequeños es amor sin fecha de caducidad. Y al revés, el descuido sistemático de los detalles menudos es la ruina del amor, se lo lleva todo por delante y la monotonía letal arrasa. Afinar en los sentimientos es prestidigitación e ilusionismo. Es tener recursos de conducta bien elaborados.

5. Cuidar el lenguaje de las celebraciones. En las parejas que funcionan bien, hay celebraciones frecuentes, que recuerdan hechos, vivencias, aniversarios… no hacen faltas grandes cosas, sino sentidas, expresadas con algo que se sale del día a día y le da a la existencia un aire festivo y en ocasiones, solemne. Una cosa son las intenciones y otra, los resultados.

6. Añado otra nota a este inventario: el lenguaje de sorprender a la otra persona con algo positivo, agradable. Dice Aaron Beck, psiquiatra neoyorquino, en su libro Solo con el amor no basta (Ed. Pálidos. Madrid, 2011), que se reunieron todas las pasiones negativas para derrotar al amor: el odio, la venganza, el rencor… y no podían derrotarlo, pero apareció de forma sigilosa, escondida, la rutina, con su andar lento, sigiloso y demoledor… y esa sí pudo. La sorpresa es novedad, ventana de aire fresco que rompe la monotonía de los días demasiado iguales. Es la espuma de la vida.

7. Y por último trabajar de vez en cuando el lenguaje de pequeños regalos. No se trata de grandes cosas, ni de traerle la luna a esa otra persona, sino de cosas que en sí tienen poco valor material, que su peso está en la forma, en el modo, en el momento adecuado. No confundir aquí precio y valor; nos pueden engañar en el precio, pero no en la mercancía.

El tema está erizado de dificultades. Estas siete sugerencias serpentean la inteligencia emocional y le dan alas. El reto es saber aunar la cabeza y el corazón, argumentos y sentimientos, tierra y mar, seguir a Descartes y a Stendhal a la vez.

Enrique Rojas, catedrático de Psiquitaría.

 

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