Practitioner PNL avalado por la AEPNL. Inicio 23 de enero

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Enero 2017 – Junio 2017
Corresponde al primer nivel de la formación en PNL.
Se centra en los procesos mentales y conductas de la persona.
Está dirigido al descubrimiento de la experiencia subjetiva y al desarrollo de las capacidades que le permitan hacer cambios positivos.
En este curso se adquieren los conocimientos y se desarrollan las habilidades para poder comprender y llevar a la práctica la metodología de la PNL en los niveles de conductas y capacidades.
OBJETIVOS

  • Transformar las emociones limitadoras en fuentes de grandes recursos.
  • Modelar conductas eficaces.
  • Ser más competentes en las acciones.
  • Conectar con estados de recursos.
  • Mejorar la comunicación.
  • Desarrollar la creatividad.
  • Pasar a la acción y empezar a cambiar aquello que ya no queremos vivir.
  • Lograr cambios positivos.
  • Profundizar en el conocimiento de uno mismo.
  • Solucionar conflictos.
  • Adquirir una mayor comprensión del entorno.
  • Alcanzar una nueva visión de la vida y llegar a percibir las dificultades como experiencias de aprendizaje.
  • Tomar las riendas de la propia vida.

El objetivo primordial de este curso es facilitar una guía útil de aprendizaje que ayude a la persona a realizar los cambios que desee en cualquier área de su vida.
Una característica fundamental de este proceso es el cambio de actitud ante la vida, adquiriendo responsabilidad para pasar a la acción y poder transformar las dificultades en experiencias de aprendizaje.

 

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“Para el viaje de tu vida no necesitas moverte del sitio”

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Pablo d’Ors,, consejero pontificio del papa Francisco; fundador de Amigos del Desierto

El hombre sabio sintió que su final se acercaba y quiso morir en el bosque. Y sus discípulos le siguieron y le pidieron que les dijera su última palabra. Y él dijo: “¡Fuego!” y murió. Entonces, el bosque empezó a arder.

¿Cómo lo entiende usted?

Es el poder de la palabra. La palabra puede transformar la realidad, pero sólo el silencio nos transforma a nosotros mismos.

Deme otro kwan por resolver.

Hasta que no seas el último y te sientas el primero no habrás resuelto tu kwan.

Ese tiene eco cristiano y universal.

Los kwan son acertijos taoístas que el maestro da al alumno, pero no para que los resuelva, sino para que se resuelva a sí mismo.

El kwan te piensa a ti.

Te piensas en él y en sus siglos. La meditación no tiene por qué ser religiosa, pero es más fácil practicarla en tradiciones milenarias como la cristiana, la budista o la taoísta.

¿En qué se parecen esas tradiciones?

Podemos razonar los problemas con palabras; ellas enseñan a respirarlos en silencio.

¿Nos enseñan a solucionarlos?

No es eso. No intente aprovechar el tiempo; trate de entregarlo. La meditación no es para el crecimiento personal; no es para aprovechar el tiempo; sino para regalártelo a ti mismo o regalárselo a Dios si eres creyente.

¿Me regalo un ratito de nada?

De silencio. Porque sólo oyes la palabra en la medida en que es concebida en el silencio.

El silencio escasea en esta era digital.

La hiperconectividad nos dispersa la mente y genera hambre de silencio y de desierto.

¿Perderse para huir de las redes?

El desierto en la tradición cristiana es metáfora del propio interior; en la zen es el vacío.

¿Ir al desierto es no hacer nada?

¿Qué es no hacer nada?

¿…?

Muchos creen que vivir intensamente es saciarse de mil experiencias, pero es al revés: estamos hechos para la intensidad; no para la cantidad. Aprender a vivir es dejar de soñar con nuestras aventuras para encontrarnos a nosotros mismos.

Yo creía que no hay logros sin sueños.

A mí me ha costado cuatro décadas aprender a dejar de soñar conmigo mismo. Pero ahora sé que la meditación enseña a sumergirse en la realidad y a hacer lo que haces. Sin mentiras ni sueños.

¿La fantasía no ayuda a digerir lo real?

Soñar es encerrarse en la prisión de lo irreal, pero no hay nada más liberador que la realidad. La mejor fantasía es infinitamente peor que tu realidad cuando la descubres. Meditar es sumergirse en la realidad y darse un baño de ser. Y, créame, es un alivio.

Pues acaba usted de acabar con el cine.

Al menos con cierto cine escapista y con el último mito de Occidente: el amor romántico. El amor auténtico no tiene nada que ver con el romántico, que lo espera todo; el amor auténtico lo da todo sin esperar nada: es real.

Es que en vez de encontrarse con otro ser humano hay quien espera la lotería.

El amor romántico es esa falsa esperanza de que otro te dé de repente todo lo que te falta en la vida. Por eso, porque es pura fantasía, se troca fácilmente en odio o indiferencia.

Al cabo, era una expectativa egoísta.

Esa exaltación del amor romántico como argumento de venta provoca abismos de desdicha en nuestra sociedad. Porque nadie puede darte todo lo que te falta si no sabes encontrarlo por ti mismo.

¿Cómo?

La meditación facilita esos vislumbres de lo real, que son sólo momentos que nos permiten captar quiénes somos de verdad. Pero esos momentos no llegan con talento o esfuerzo, sino con entrega: como llega el amor.

¿En qué consiste su técnica?

Hay dos modos de conocernos: el analítico y el sintético. El analítico requiere la pala-bra; el sintético, el silencio. Son las dos caras de la misma moneda, pero sólo la palabra fraguada en el silencio hace diana en el ser.

¿Pienso, es decir, no pienso y ya está?

Al meditar en silencio desenmascarará las falsas ilusiones. La mayor parte de nuestra energía la malgastamos en expectativas ilusorias que desaparecen cuando las tocamos.

¿Cuál es la peor ilusión?

El ego. Por eso, cuando encuentras a quien sólo vive para adorar la ilusión de su ego…

Narcisos tóxicos, los llaman ahora.

…te entristeces y, en cambio, con sólo estar ante una persona auténtica, rejuveneces.

Entrevistar aquí a algunas es un goce.

Dejar de adorar a tu ego es lo más difícil…

El silencio –dijo aquí Melloni– no es la ausencia de ruido, sino la ausencia de ego.

El ego es afán de posesión, pero a medida que te distancias de esa ilusión, vas madurando y poco a poco ves con mayor claridad y se ilumina la realidad. Y así te vas dando cuenta de que no necesitas ser importante; ni te hace falta ser más que otros; ni siquiera ser alguien, porque ya lo eres todo: eres tú.

¿Ser auténtico es ser generoso?

A menudo, creemos que basta con dar…

¿No es eso?

…pero toda ayuda resulta superficial hasta que descubres que yo soy tú; que tú eres yo y que todos somos uno.

 

Fuente: La Contra

 

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Los que te rodean reciben la energía de tu corazón. Annie Marquier

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Matemática e investigadora de la conciencia, nos descubre aspectos insospechados sobre el corazón, el órgano de la bondad y el amor incondicional

Dirige el Instituto de Desarrollo de la Persona en Quebec (Canadá) y es autora de numerosos libros, como El maestro del corazón (Luciérnaga), en el que explica cómo acceder al nivel de conciencia que resulta del cerebro del corazón, que expresa las cualidades más elevadas del ser humano.

Se están revisando muchas creencias…
Antes se creía que la inteligencia solo procedía del cerebro, pero se descubrió un sistema de neuronas en el corazón y se investigó qué función tenía. Así se demostró que el corazón se comunica con el cerebro mediante la transmisión de impulsos nerviosos, de hormonas y neurotransmisores, y también a través de ondas de presión y de interacciones electromagnéticas.

El campo electromagnético del corazón es muy potente y sensible…
Se ordena con las emociones positivas y entra en caos con las negativas, y alcanza hasta dos y cuatro metros alrededor del cuerpo: los que nos rodean reciben la información energética contenida en nuestro corazón.

¿Quién manda, la cabeza o el corazón?
Se ha comprobado en el laboratorio que en ciertas circunstancias el corazón decide y la cabeza obedece, porque las ondas cerebrales se sincronizan con las variaciones del ritmo cardiaco. Y cuando el cerebro del corazón activa el cerebro de la cabeza, se accede a una vida extraordinaria. La inteligencia del corazón comunica una especie de inteligencia superior al córtex cerebral y si este está lo suficientemente desarrollado, nos abre a una nueva percepción. Para mí, estas investigaciones han demostrado que el ser humano tiene dos maneras de actuar: una que corresponde al funcionamiento de la conciencia inferior, cuando mandan las partes primarias del cerebro, y otra en que la inteligencia del corazón proporciona una conciencia superior.

Lo que hasta ahora habían afirmado las tradiciones espirituales, hoy lo corrobora la ciencia…

En efecto. El corazón tiene un cerebro que nos conecta con la bondad, la generosidad, la fraternidad, la compasión y el amor incondicional. Esta inteligencia superior da lugar a la creatividad y a la intuición. El cerebro también tiene su rol –muy importante junto con los circuitos más avanzados de la conciencia del cual es depositario–, pero trabajando en armonía con el corazón. Hay dos estados interiores: uno en el que impera el caos porque corazón y cabeza no están en armonía, y otro en el que se accede a una inteligencia superior trascendiendo esta forma limitada de conciencia en la cual somos presos del miedo, los celos y otras emociones negativas.

¿Cómo se puede conectar con esta inteligencia superior del corazón?
Se requiere un trabajo diario y es fundamental sanar en profundidad las heridas del pasado que bloquean el acceso a ella. La meditación nos conecta con la sabiduría del corazón; no importa la técnica, se trata de dedicar unos minutos cada día a reconocer que existe esta inteligencia en nuestro interior. La naturaleza y la buena música ayudan, ya que el arte y la belleza elevan, y también el hecho de ponerse al servicio de los demás, escucharlos, así como acercarse a los niños. Y sobre todo, responsabilizarse en lugar de victimizarse, porque lo que determina mi vida no es lo que sucede, sino aquello que decido hacer con lo que me sucede.

¿Qué más podemos hacer?
Resulta fundamental mantener una posición de testigo ante lo que sucede entre nosotros, los pensamientos y las emociones. La gratitud también despierta la inteligencia del corazón en contraste al ego, siempre insatisfecho. Finalmente, el desarrollo de la inteligencia mental, de la capacidad de concentración, aprender a pensar objetivamente, sin reacciones emocionales, resulta también indispensable.

¿Cómo puedo saber si vivo según la inteligencia del corazón?

Guiado por ella, mi salud mejora. Soy más optimista, reboso paciencia, ayudo a los otros espontáneamente y mis relaciones son buenas. Incluso acojo bien las difíciles. Tengo ideas, intuición y una gran creatividad y energía.

¿Qué la motivó a desarrollar estas investigaciones?
Trabajo sobre la conciencia del ser humano para crear un mundo mejor y he buscado cuál sería el nivel de conciencia que permitiría desarrollarlo. Yo aplico a la humanidad la teoría de las estructuras disipativas de Ilya Prigogine, premio Nobel de Química. Prigogine asegura que los “sistemas abiertos” evolucionan y se desarrollan durante un tiempo en armonía relativa con su entorno, pero llega un momento en que emerge un desequilibrio entre el interior y el exterior que lleva al sistema a un estado de caos. Se llama punto de bifurcación. Entonces el sistema tiene dos opciones: o se destruye y desaparece en el entorno, o se reestructura según leyes diferentes.

En nuestro caso…
La humanidad tiene dos opciones: autodestruirse –y disponemos de lo necesario (bombas atómicas, catástrofes ecológicas…)– o funcionar sobre bases diferentes al poder, el miedo, el orgullo… conectándonos con los valores de la conciencia superior (amor, cooperación, fraternidad). Afortunadamente, cada día hay más seres humanos que han accedido a esta conciencia y estamos preparados para cambiar.

Es usted muy optimista…
Mi optimismo se basa en hechos: cada día hay más personas dispuestas a crear esta nueva realidad. Los medios no hablan de ello porque están en manos de fuerzas materialistas, pero están sucediendo cosas muy bellas y esperanzadoras. Puedo garantizarle que en unos años vamos a vivir un gran cambio en nuestras sociedades.

 

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La voluntad es lo más importante. Enrique Rojas

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«No hago lo que deseo ni lo que me pide el cuerpo, ni lo que me apetece, ni lo que es mejor para mí. Voluntad y felicidad forman un binomio muy estrecho. No se hacen las cosas simplemente por placer o porque a uno le guste, sino por llegar a lo que uno se ha propuesto. La voluntad bien educada lleva a la realización más completa de uno mismo. La educación de la voluntad patrocina la alegría. La voluntad nos lleva, como de la mano, a una vida lograda»

La voluntad es la joya de la corona de la conducta, es la pieza clave para alcanzar los objetivos concretos. La voluntad nos determina. Hay que hacer una distinción entre dos conceptos próximos: desear y querer. Son dos pretensiones que navegan pilotadas por nuestra conducta. La primera se mueve por los sentimientos, mientras que la segunda es guiada por la voluntad. Desear es anhelar algo de forma próxima, rápida, con una cierta inmediatez. Querer es pretender algo a más largo plazo, pero teniendo el objetivo claro, bien delimitado y en donde hay una firme resolución de alcanzar esa meta. El deseo es más superficial y fugaz. Querer es algo más profundo y estable. Lo diría de otra manera: muchos deseos son juguetes del momento. En cambio casi todo lo que se quiere significa un progreso personal a medio largo plazo.

El campo magnético que deambula entre el desear y el querer forma una telaraña complejísima en el que ambos conceptos se cruzan, se entremezclan, se confunden, se avasallan, entran y salen, suben y bajan, giran, se esconden y luego vuelven a aparecer.

Todo esto da lugar a una tupida red de significados, con imprecisión a la orden del día. Los deseos son muy importantes en la vida y tiran de nosotros en una dirección determinada. Son importantes y le dan frescura a la conducta. Aprender a domesticarlos indica equilibrio y dominio de sí mismo. El deseo es siempre fuerza, impulso, tirón.

Movimiento apasionado que impele y se lanza en la dirección que el estimulo le provoca. En su seno se hospedan dos características: necesidad e impulso. El ser humano es un animal de deseos. Estos son fogonazos momentáneos a veces casi automáticos en donde uno se ve arrastrado por esa marea. El deseo es el registro primario de la afectividad.

Querer es determinación, firmeza, propósito decidido, solidez en el empeño de alcanzar algo costoso de entrada y valioso de salida. Voluntad es querer. La contabilidad de la vida personal está hecha de reverses y aciertos. En la ingeniería de la conducta la voluntad tiene un papel clave: es un parque jurásico de vericuetos y puentes levadizos y caminos serpenteantes ajedrezados por la búsqueda de algo que merece la pena.

Los deseos y los quereres se filtran por las rendijas de nuestro mundo afectivo silbando con su energía. Hoy se considera que la voluntad es una de las piezas claves en la arquitectura de la vida personal y es casi una segunda naturaleza. La educación de la voluntad es una tarea artesanal, lenta, progresiva, que se parece mucho al orvallo asturiano, al chirimiri vasco, a la charua peruana o a la cama chacha chilena: una lluvia fina que empapa la tierra y que cala en la profundidad del campo. Esto se refiere a la importancia de lo que en apariencia parece menudo y de escaso valor y que a la larga significa la costumbre de vencerse en lo pequeño. Son batallas menores, escaramuzas de escaso relieve en el día a día, pero que ponen de manifiesto la cultura del esfuerzo: un entrenamiento habitual para gobernarnos mejor.

Uno de los indicadores más claros de madurez de la personalidad es tener voluntad regia, firme, compacta, solida, consistente, de edificio románico o gótico. Y al revés una de las manifestaciones más evidentes de poca madurez, es tener una voluntad frágil, endeble, liviana, vulnerable.

La clave está en fomentar lo siguiente: hacer atractiva la exigencia, mirando fijamente al horizonte de la meta. ¿Cómo?: utilizando los instrumentos de la inteligencia, sublevando esfuerzos, no dándose uno por vencido cuando las cosas van mal. Elevándose uno por encima de las circunstancias adversas. Los esfuerzos y renuncias de ahora tendrán su recompensa. Saber esperar y saber continuar. Utilizar la voluntad sin recoger frutos inmediatos: esa es la clave. El verdadero objetivo de la voluntad es conseguir la victoria sobre uno mismo. Abrimos las puertas del autodominio y así no nos desviamos de la meta, nos entregamos con ardor a la tarea propuesta.

La voluntad es la capacidad para conseguir objetivos concretos y luchar, de forma recia, poniendo a la motivación como gran motor de la misma. El hombre superior mira por sobreelevación, no busca lo cercano, sino lo lejano. El hombre inferior vive aferrado a lo inmediato y busca la satisfacción pronta y eminente.

Lo mejor es llevar a cabo lo que yo llamaría una especie de tabla de ejercicios de gimnasia de voluntad: ahora hago esto sin gana porque es mi obligación; y después me aplico aquella otra tarea que me cuesta, porque sé que es bueno para mí; y más tarde me aplico aquello otro que me es costoso, porque sé que eso hará de mí una persona de una pieza.La costumbre de vencerme en lo pequeño. Es esencial ejercitarse en estos vencimientos que no reportan ningún beneficio próximo. Ahí vemos entrenamiento y aprendizaje. Hay que batirse con uno mismo porque el enemigo está dentro y fuera y tiene distintos nombres: pereza, apatía dejadez, abandono, cansancio de la vida o búsqueda de lo más cómodo.

Toda educación empieza y termina por la voluntad. Decían los escolásticos que la base de la conducta está en crear hábitos positivos: la repetición de esos actos nos hace valiosos. No confundir entre hábitos positivos y rutina. Lo primero es la educación continuada y, lo segundo, el comportamiento cansino, agotador y sin alma. No hay rutina cuando se procura poner amor en lo que se hace por pequeño que parezca. Educar no es solo conducir a alguien hacia lo mejor para sacar todo lo bueno que lleva dentro, si no también hacer que ame el esfuerzo y que este se vea como positivo y liberador.

Una persona con voluntad llega más lejos en la vida que una persona inteligente. Y a la larga es una especie de llave multiuso, que vale para casi todo. No hago lo que deseo ni lo que me pide el cuerpo, ni lo que me apetece, ni lo que es mejor para mí. Voluntad y felicidad forman un binomio muy estrecho. No se hacen las cosas simplemente por placer o porque a uno le guste, sino por llegar a lo que uno se ha propuesto. La voluntad bien educada lleva a la realización más completa de uno mismo. La educación de la voluntad patrocina la alegría. La voluntad nos lleva, como de la mano, a una vida lograda.

Enrique Rojas, catedrático de psiquiatría

Fuente: Enriquerojas.com

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7 reglas de oro para vivir en pareja. Enrique Rojas

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«En este artículo no regalo los oídos a nadie. El mejor amor es exigente y lo pide todo. Estos siete puntos son una pedagogía del amor hecha con materiales resistentes, firmes, compactos. No hay amor sin cultura»

El amor en pareja tiene un alto porcentaje de artesanía psicológica. Pero hay una base que no debemos olvidar: para estar bien con alguien, hace falta estar primero bien con uno mismo. Tener un cierto equilibrio psicológico.

Voy a exponer lo que para mí es la alquimia del amor.

Quiero ir pasando por cada una de estas reglas que propongo:

1. El amor hay que trabajarlo a base de detalles pequeños positivos. Lo pequeño nunca es banal ni insignificante, sino al contrario, tiene un enorme valor, porque hace la vida amable, llevadera. En la psicología moderna se le llama a esto «intercambio de conductas gratificantes», que refuerzan ese amor. Cuidar esos pormenores hace que el amor no tenga fecha de caducidad. Y por el contrario, el descuido sistemático de las cosas menudas en el amor lleva a un cierto abandono, que a la larga es su ruina. Y entra el enemigo mortal, que se lo lleva todo por delante: la rutina.

2. No sacar la lista de agravios del pasado. Este principio es importante. Poner todos los medios para no traer a primer plano el repertorio de reproches, ese inventario de anécdotas negativas que, en momentos de tensión, asoman, piden paso y tienen un efecto destructivo, demoledor. Esa colección de recuerdos malos hay que tenerla encerrada en un cajón bajo llave. El que controla su lengua se controla en un noventa por ciento. Porque el gobierno más importante es el gobierno de uno mismo. Sabiendo que la felicidad consiste en tener buena salud y mala memoria. Ser capaz de superar las heridas del pasado significa buena inteligencia emocional. El amor se perfecciona con el perdón. Perdonar y olvidar es perdonar dos veces.

3. Evitar discusiones innecesarias. En las parejas que funcionan bien casi no se discute. Se han aprendido unas reglas, mediante las cuales se sabe cuándo uno entra por un vericueto peligroso, que consiste en enzarzarse en un debate que no conduce a ningún lugar positivo. En esos desacuerdos se dicen cosas fuertes y muchas veces las discrepancias no son importantes. Rara vez de una fuerte discusión sale la verdad, pues suele servir más de desahogo y catarsis: quejas, acusaciones, agresiones verbales y por esa rampa deslizante se termina en un avispero de críticas recíprocas… en el que la razón deja paso a la pasión, y a la larga no se olvidan esas palabras duras. Dejan una huella dolorosa y un sabor a derrota.

4. Esforzarse por ir consiguiendo habilidades en la comunicación interpersonal. Aprender a dialogar con respeto y eficacia. Este es un terreno que hay que cultivar con esmero. Me abro paso entre masas de pensamientos, intentando espigar lo esencial de este apartado: cuidar el lenguaje verbal (la magia de las palabras y sus efectos ), el lenguaje no verbal (gestos, ademanes, silencios, etc.) y el lenguaje subliminal ( que se camufla entre los dos anteriores).

También, saber tener el don de la oportunidad, para plantear un problema o algo complicado, buscando el momento más adecuado. El amor es arte y oficio, corazón y cabeza, saber combinar de forma armónica los instrumentos de la razón y las herramientas de la afectividad, a la vez. No conozco nada más complejo que la convivencia en pareja, no hay nada (en mi opinión) que tenga tantas vertientes, matices y laderas, donde uno puede resbalar y tener problemas o roces o enfrentamientos.

5. Haber sabido alcanzar una sexualidad positiva. La sexualidad es el lenguaje del amor comprometido. Y es un idioma íntimo que requiere encontrar sus claves, para que ambos sepan disfrutar de esa gramática misteriosa y concreta. Es la parte física del amor.

Cantidad y calidad o, lo que es lo mismo, frecuencia e intensidad. La sexualidad es un termómetro que mide muchos ingredientes de la vida conyugal: hay comunicación, hay un proyecto de vida en común, capacidad para superar las dificultades de la vida ordinaria, la alegría de sacar adelante a la familia… y un crecimiento equilibrado de los dos con el paso de los años. Todo eso y más se refleja, de alguna manera, aquí.

Las relaciones íntimas desempeñan un papel muy importante y el hecho de que funcionen bien es fruto de aprendizajes sucesivos, de acuerdos y acercamientos. Es la entrega total. Se trata de integrar la sexualidad a ese programa en común. Es una gran sinfonía con cuatro grandes partituras: física, psicológica, cultural y espiritual. Todo junto suma doy a la vez. La ternura es el ungüento del amor.

6. Ahora voy al punto que es fundamento de todo el edificio. Saber que el amor maduro consiste en un tríptico esencial hecho de voluntad, inteligencia y sentimientos. Me explico.

Uno de los grandes errores de la psicología del siglo XX ha sido pensar que el amor es sobre todo un sentimiento y este va y viene y es difícil apresarlo, fijarlo, centrarlo. ¡Qué equivocación tan seria! El amor verdadero es un acto de la voluntad, que significa la determinación de trabajar el amor elegido, poniendo todos los medios a nuestro alcance.

En los amores inmaduros, la voluntad brilla por su ausencia y todo está al pairo de los vientos exteriores. Además, el amor es un acto de la inteligencia, lo que quiere decir, en lenguaje coloquial, saber llevar a esa persona, utilizando la cabeza y la experiencia, pero sin que pierda esa relación frescura y lozanía. Fijarse, tomar nota, aprender de circunstancias complicadas a evitar caminos inadecuados o meterse en complicaciones absurdas. La tercera nota: el amor es de entrada un sentimiento fuerte, de atracción física y psicológica. Los sentimientos son perfectibles y defectibles. Lo que quiere decir que, si uno se afana en mantenerlos y pone esfuerzos repetidos en positivo, se mejoran. Y por el contrario, si se les descuida y se abandonan, va a peor y aparece antes o después el desamor.

7. Para que una pareja marche bien es necesario compartir una espiritualidad vivida. Se mezclan aquí lo natural y lo sobrenatural, lo físico y lo metafísico, lo horizontal y lo vertical.

En una palabra: lo humano y lo divino. Se trata de una filosofía común, un sentido de la vida fuerte, que a la larga va a ser cemento de unión de esa pareja ante los avatares de la vida. Cada uno debe encontrar aquí las mejores respuestas. La cultura y la espiritualidad son la estética de la existencia.

En este artículo no regalo los oídos a nadie. El mejor amor es exigente y lo pide todo. Estos siete puntos son una pedagogía del amor hecha con materiales resistentes, firmes, compactos.

No hay amor sin cultura.

Enrique Rojas Catedrático de Psiquiatría

Fuente: ABC

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